En casa tenemos una mesa demasiado grande para la cocina. La compramos de segunda mano cuando nació el tercero, y desde entonces hay que apartar una silla para abrir el horno. Es incómoda, está rayada y es, sin discusión, el mejor mueble que tenemos.
Alrededor de esa mesa se han firmado paces, se han contado suspensos y se ha rezado por abuelos enfermos. No hay método: solo la costumbre terca de sentarse a la misma hora, apagar las pantallas y bendecir lo que hay, aunque sea una tortilla regular.
Las familias que acompañamos desde la delegación nos lo repiten con otras palabras. Lo que sostiene no son los grandes gestos, sino las pequeñas liturgias domésticas que nadie ve. Por eso este curso queremos ayudar a recuperarlas, una cena cada vez.